Un país de granujas
Junio 23, 2008
Por Tony Pina
Cuando los agentes de la Autoridad Metropolitana de Transporte (AMET) son lanzados a las calles, no a regular y supervisar el tránsito sino a quitar licencias y a retener vehículos de choferes cuyos sindicatos unilateralmente han decidido aumentar los precios del pasaje, cabe preguntarse hasta cuándo un país puede seguir manejándose irrespetando la institucionalidad.
Si una crisis alimentaria mundial comienza a golpearnos, con su secuela de carestía y escasez de productos, y quien nos preside cabildea y consigue la vicepresidencia de la FAO para América Latina, pero desde el gobierno no se invierte un solo centavo para incentivar la producción agropecuaria, a pesar de los desastrosos daños causados por las tormentas Noel y Olga, el año pasado, ese país debe prepararse para que “Dios nos lo coja confesado”.
Nunca antes se había ganado un cargo con un curriculum vacío en materia de producción agropecuaria y donde ni siquiera se tomara en consideración, para la elección, que quien dirige los destinos de una media isla caribeña llamada Dominicana no le ha hecho mérito a nuestra tradición agrícola, que hoy está en total y progresivo abandono durante su gestión, porque aquí, como dice la gente llana, no se ha sembrado ni una batata.
Y si nos detenemos a pensar que por disposición presidencial fue suspendida la ejecución de la Ley de Hidrocarburos para congelar los precios de los combustibles durante las dos últimas semanas de las elecciones, en una evidente demostración de ganar simpatías a como diera lugar sin reparar en las consecuencias, cabe convenir que somos un país manejado como una manada de bueyes.
Ya desapareció de los escasos colmados y supermercados donde estuvo por espacio de tres semanas el “arroz pintado”, que era vendido a un puñado de consumidores a precio subsidiado de doce pesos; y aún se le dice al pueblo que el gobierno estudia mecanismos de control para garantizarle el acceso a la canasta familiar.
En cambio, nada de eso se ve, ni tampoco hay esperanza de que así sea. Cada día suben los precios de los productos -el último de los cuales fue el botellón de agua- y nadie dice ni hace nada.
En verdad, que los dominicanos somos unos granujas, unos bueyes narigoneados que, sin embargo, no servimos ni para halar el arado.



