EL S.O.S. DE LA BANDA DE MUSICA MUNICIPAL DE BARAHONA
Junio 30, 2008
Por Ramón Alberto López Ynoa
Salía, hace varios domingos a eso de las 6 y 30 minutos de la tarde, de un cíber de esta ciudad, cuando me pareció escuchar a lo lejos, la música inconfundible de la Banda Municipal de Música de Barahona. De repente me pareció retornar a aquellos años en los que, con un bombardino en mis manos, yo también formaba parte de ese conjunto excepcional que se encarga de elevar el espíritu noble de aquellos amantes de la música de Verdi, de Mozart y de Harry Horlick. Fue, entonces, cuando sentí el impulso de pasar por el Parque Central de esta ciudad a disfrutar de esa música dulce y sublime. Sin embargo, cuando llegué sentí una enorme desazón por lo que vi.
Lo primero que observé fue la competencia injusta y abusiva que le hacía la música bullanguera que salía de un centro de diversión situado en una esquina a menos de 50 metros de distancia, con niveles de decibeles prohibidos de bachatas. Los pobres músicos de la Glorieta del Parque no tenían pulmones para competir con esos ruidos que algunos llaman música popular.
Como público al concierto de la Glorieta, vi a no más de cinco personas que cabeceaban al compás de una de esas criollas que otrora tanto deleitaron al barahonero. Aún recuerdo a una de las presentes que tenía una “Presidenta” en sus manos y estaba tan “ajumá” que todavía no logro entender cómo fue que no se le cayó de las manos, mientras la banda interpretaba con genial maestría aquella danza imperecedera “Bajo la Sombra de un Pino”.
Una transeúnte con una cerveza en la mano recibía el regalo de los grandes maestros de la música universal, mientras muchos otros y otras libaban sus amarguras y sus alegrías entre tragos, contorsionando sus cuerpos para deleite de los demás.
Lo cierto es que me dio la impresión de que los músicos le estaban tocando al viento, o no sé a quién o a qué. La música aquella, la de la esquina, ahogaba lastimeramente la música de Gioacchino Rossini y el Intermezzo “From the Opera “Goyescas” de Enrique Granados. Daba pena ver cómo se perdía en el infinito la conjunción de los sonidos de los clarinetes, saxofones, trompetas y de los trombones, con el ruido ensordecedor de la bachata de la esquina.
Vi al maestro José M. Gómez Jiménez (Lando), Director de la Banda, con sus movimientos acompasados, concentrado, midiendo el compás y el tiempo, y recordé los tiempos de gloria de la Banda cuando los dos éramos ejecutantes frente a un atril. Entonces me pregunté, ¿Por qué hoy en día la Banda de Música Municipal de Barahona languidece ante la indiferencia de autoridades y munícipes? ¿Por qué alguien no se anima a darle el justo lugar que ésta se merece como vehiculadora de cultura? ¿Por qué se permite esa felonía en la exposición pública de la cultura de la música universal?
He tenido la oportunidad de presenciar las bandas de Azua y San Juan de la Maguana, y la verdad es que éstas lucen vigorosas y como aquellas que tienen dueños; las comparaciones nunca son buenas, pero la de Barahona pareciera que no tiene dueño.
Ah! me acaban de decir que el Ayuntamiento Municipal de Barahona es quien la regentea; eso lo sé desde tiempos inmemoriales. No, me refiero a otra cosa, me refiero a alguien que le duela la suerte de este mecanismo cultural y que se preocupe por su suerte.
Le pregunté a Daniel Corporán, uno de los músicos, por el horario de conciertos –antes les llamaban retreta - y me contestó que de 6:00 a 7:30 P.M. Apenas 1½ hora de música virtuosa.
Tomé la decisión de hacer mis aportes para que la Banda Municipal de Barahona se potencie como reproductora y creadora de cultura, y como un medio de sana diversión.
Como primer aporte, ahí mismo hablé con el maestro Lando y le dije que al hijo mío más pequeño, que es flautista y percusionista, lo animaría para que se integre como músico de la Banda y así fortalecer su membresía. Otro aporte fue la decisión que tomé de asistir, en la medida que mis ocupaciones me lo permitan, a los conciertos, y así motivar con mi presencia a los abnegados músicos, muchos de ellos compañeros míos de cuando yo era miembro de la Banda.
El tercer aporte es hacer lo que en estos momentos estoy haciendo: escribir estas inquietudes para que el barahonero recuerde de lo que se está perdiendo y que el mundo sepa del vía crucis de este medio de formación cultural.
Como cuarto aporte fue la decisión que me impuse de solicitarles a las autoridades que tienen jurisdicción en este asunto, a que normen o regulen la amplificación de la música popular de diversión en el horario de 6: 00 a 7:30 de la tarde, todos los domingos, a fin de que lo que deseemos escuchar la música de la Banda podamos hacerlo como Dios manda.
Considero que el señor Síndico Municipal de Barahona, Dr. Tavito Suberví Nin, la Presidenta de la Sala Capitular, Lic. Ynés María Matos, y el Lic. Miguel Ángel Leger, Director Regional de Cultura, - no estaría de más incluir también al Subsecretario de Turismo - son autoridades con jurisdicción para reglamentar que el período de 6: 00 a 7:30 de la tarde de los domingos, alrededor del Parque Central, sea privilegiado para la función de la Banda Municipal de Barahona.
No creo que nadie se vaya a morir porque la bachata deje de escucharse varios kilómetros a la redonda del Parque Central de Barahona durante 90 minutos; no es que se deje de tocar, ¡no! si pidiera eso mi vida podría correr peligro, sino que se baje ese volumen ensordecedor, siquiera, por esa hora y media.
En una actividad reciente de graduación de la Escuela de Música “Sinfonías” de esta ciudad, celebrada en el Salón “Eloísa” del Hotel Costa Larimar, al final del evento, el Dr. Bienvenido Matos Pérez, quien fungió de Maestro de Ceremonias, después de haber escuchado las presentaciones magistrales de esa noche, dijo con cierto dejo de amargura: “Qué pena que ahora tenga que pasar por el Malecón”. Se refería al contraste entre la música de los grandes maestros que habíamos escuchado esa noche y esa ruidosa y cherchosa música del Malecón de Barahona.



